La presunción de inocencia no es un capricho de juristas ni una delicadeza procesal para teóricos del Derecho. Es, sencillamente, la línea que separa una sociedad decente de una sociedad inmoral. Es la frontera entre la justicia —que exige pruebas— y la arbitrariedad —que se alimenta de sospechas—. Y cuando esa frontera se difumina, todo lo demás se vuelve inestable. El juicio deja de ser un ejercicio racional y se convierte en una reacción emocional. La prueba es sustituida por el relato. La verdad, por el titular.
Presunto culpable