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Mi 'affair' con Adolfo Hitler

Mi 'affair' con Adolfo Hitler

La gente que moraliza con Hitler, como la ministra Diana Morant (que lo ha comparado con Feijóo) es como los que dan consejos a las personas con cáncer: «Lo importante es la actitud, tú estate animado, que eso influye mucho». Como si hubiesen superado un sarcoma. Nunca escuché a mis abuelos de Hamburgo mencionar al dictador, bastante tenían con haberlo padecido. Mi madre sí, ella recuerda cuando el jefe de escalera del partido venía untuosamente a recomendar que se colgase de la ventana la bandera con la esvástica, porque Adolf Hitler venía de visita a la ciudad hanseática. Mi abuela respondía invariablemente que la había perdido. No fingía pena ni perdía los nervios. No colaba la excusa, pero con su metro setenta y pico lanzaba tal mirada de desprecio al pelota traidor que lo dejaba helado. Como su hijo Heinz había caído en el frente, movilizado por su quinta, la dejaban en paz, como caso perdido: «La pobre mujer ha perdido la cabeza por el dolor». Luego iba a la oficina correspondiente y pedía otra, que despedazaba concienzudamente, supongo que con placer, para hacer falditas rojas a mi madre, que fue invariablemente vestida de amapola. Y eso que no le gustaba coser. Era una mujer que había perdido lo que más amaba y ya no le quedaba nada que temer. Hacía estraperlo con café y azúcar en Sankt Pauli y, cuando la pillaban, explicaba que no pensaba dejar morir de hambre a la única hija que le quedaba con vida.Mis abuelos eran socialistas y bastante tuvieron con que mi abuelo –jadinero funcionario, sin carnet del NSDAP– jamás ascendiese y fuese preterido por sistema; con que su chaval muriese en Francia con 21 años y con ver cómo una noche llegaron los camiones sanitarios y se llevaron a todos y cada uno de los discapacitados físicos y mentales del barrio, para siempre. Los alaridos de las madres se oían en la oscuridad.Esto de comparar al oponente con Hitler es cosa de mala leche, pero también de ignorancia. Podía referirse la ministra de Ciencia a Pol Pot, pero seguro que no sabe quién es. Cuando alguien detesta algo de verdad, con carne, no lo menciona de forma baladí. En mi familia hay una anécdota extrema, que nos afectó a mí y mis hermanas. Yo tenía un tío español que se llamaba Adolfo y falleció a los 23 años. El sueño de mi padre era ponerle a un hijo el nombre de su hermano. Cuando mi madre se enteró, me tuvo a mí, y no iban a ponerme Adolfa. Como mi padre seguía con la cantinela, mamá tuvo a Patricia. La tercera provocación trajo a Constanza y, cuando mi padre consintió un último intento, con la esperanza de engendrar un varón, nació Marina. Fuera tentaciones. A la ministra se le llena la boca de barbaridades porque odia mucho. Y ese es un rasgo muy nazi.