Cada vez más personas revisan obsesivamente las calorías de lo que comen, comparan etiquetas en el supermercado o registran cada comida en una aplicación creyendo que el cuerpo funciona como una simple calculadora. Pero la ciencia empieza a desmontar esa idea, ya que no todas las calorías se aprovechan igual y, en ese proceso, la flora intestinal juega un papel mucho más importante de lo que se pensaba.