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Hospitalidad ciega

Hospitalidad ciega

El cuerpo es un hotel que nadie solicitó formalmente construir. Surgió de un arrebato, sin permisos municipales, sin arquitectos, sin aparejadores, sin andamios. Aparece ahí, de repente, con sus pasillos húmedos y sus habitaciones mal iluminadas. No hay forma ya de renunciar a él. El huésped de ese cuerpo (tú) llega solo y le enseña a gatear y a ponerse de pie y a pronunciar las primeras palabras. Con el tiempo, de tanto y tanto usarlo, acabas creyéndote su dueño, y quizá lo seas, vete a saber (yo aún no he conquistado del todo el mío). El pensamiento ocupa la suite principal pero nunca paga. Se instala con la arrogancia característica de quien se sabe imprescindible y reorganiza la fontanería y los muebles a su antojo. Justo debajo, en esas habitaciones del edificio que no se muestran a las visitas, las bacterias llevan divirtiéndose millones de años, mucho antes de que llegara el pensamiento con su aire de inversor inmobiliario dispuesto a monetizar cada uno de sus miembros. No nos engañemos: son los microorganismos quienes sostienen toda estructura ósea y muscular y anímica y cartilaginosa. Conviene contar con el miedo. El miedo es ese huésped que llega al hotel a las tres de la madrugada con un equipaje desproporcionado y ocupa todas las habitaciones a la vez. No respeta la distribución. Se cuela, como el humo, por debajo de las puertas, aunque nadie recuerda haberle dado permiso.