Tengo una relación de amor/odio con Fitur, la feria de turismo más importante de España que se celebra cada enero en Madrid. Por un lado, me encanta que Gijón y Asturias brillen en un evento de esas características; disfruto viendo las imágenes de los visitantes admirando el escanciado de un culín de sidra, casi percibo el olor de las tapas de fabada, de los quesos, y veo que mi tierrina compite con las grandes del sector como una campeona. Por otro, detesto ir. IFEMA es un laberinto infernal y enorme de pabellones, atascos y sectores de aparcamiento con el que no me he hecho en 25 años, y tiene pinta que no me haré. No sé exactamente por qué, pero allí siempre dejo el coche en el parking más lejano al recinto en el que tengo el evento. Este lunes iré a Madrid Fusión, mismo lugar del crimen, y, de verdad, ya estoy agobiado.
Fitur