Es difícil explicar, en esta era hipertecnologizada, donde todo va tan rápido y todo parece tan superfluo y tan de plástico, cómo el ser humano tiene todavía capacidad de emocionarse hasta lo más profundo de su alma. Y ayer lo hicimos. Nos sentimos pequeños, privilegiados, como si durante unos minutos estuviéramos recibiendo un regalo de la naturaleza absolutamente inmerecido.
El eclipse acabó y la emoción seguía ahí