Señoritas presuntamente contratadas para que el jefe se relaje; presunta amante, novia, amiga especial, pareja o mantenida (RAE: “persona que vive a expensas de su amante”) de ministro presuntamente contratada por empresas públicas sin ir –presuntamente– un solo día a trabajar, con presunto piso de lujo pagado y, no contenta con ello, presionándolo –presuntamente– con publicar cosas personales; la elegante alusión a la presunta licuación de las partes íntimas de una ministra (esto se dijo con mayor crudeza); la igualmente elegante alusión al ministro presuntamente cogido por los testículos (lo que también se dijo con más crudeza: nunca en tan lujoso y dignísimo escenario se dijeron tantas ordinarieces) que recuerda castizos refranes sobre el poderío de atributos femeninos comparados con carreteas, sogas y maromas... Y tantas otras cosas –presuntas, por supuesto, pero dichas– que se van oyendo declaración tras declaración con no poca estupefacción, bastante escándalo y mucha rechifla y guasa. Ganan la rechifla y la guasa a la estupefacción y el escándalo, pese a lo serio del asunto, porque a estas alturas estamos curados de espantos y escándalos.
De la lozana a Torrente