Se dice que el ciclismo es un deporte individual que se corre por equipos. Es una manera de subrayar la importancia de los compañeros para el éxito individual. Y la contrarreloj por equipos del Tour, disputada por las calles de Barcelona con final en Montjuïc, fue un ejemplo literal de esto. Literal porque, a diferencia de las contrarrelojes por equipos de siempre, en las que el tiempo que cuenta es el del cuarto corredor que cruza la meta; en la de ayer, el tiempo de cada corredor era el tiempo real que invertía. Eso produjo imágenes sorprendentes, pues cuando el tiempo es el del cuarto, hay que mantener ese grupo hasta el final. Ayer vimos que, en todas las escuadras, el colectivo se despedazaba, llegando el capitán en solitario a la meta. Los equipos trabajaban en armonía en el llano, por las calles del Ensanche, pero cuando enfrentaban la subida a la zona de Montjuïc, en vez de galvanizar al grupo, que podría ralentizar el tiempo del primero, dejaban a los líderes que hicieran el final, el último kilómetro, a bloque. Era espectacular ver a Vingegaard, Ganna, Pogacar, Ayuso, Evenepoel, agónicos, llegando solos a la meta. Pero también se perdía la plástica que tiene una contrarreloj por equipos clásica, donde el grupo, al menos de cuatro, debe llegar unido.
[A rueda] "El estadio de Montjuïc", por Miguel Usabiaga